Científicos evalúan una propuesta de geoingeniería para instalar una barrera flexible en el lecho marino antártico, con el objetivo de reducir el flujo de agua cálida que erosiona el glaciar y ganar tiempo frente al cambio climático.
El glaciar Thwaites, en la Antártida occidental, es una de las masas de hielo más monitorizadas debido a su potencial contribución al aumento global del nivel del mar. Investigaciones señalan que, más allá del aire cálido, el principal factor de su retroceso es el contacto con corrientes oceánicas relativamente cálidas que circulan bajo él.
Frente a este diagnóstico, ha surgido una propuesta de ingeniería a gran escala conocida como «cortina del lecho marino». El concepto consiste en desplegar una serie de paneles flexibles y superpuestos, anclados al fondo del mar a unos 650 metros de profundidad y con una extensión potencial de decenas de kilómetros. Su función sería actuar como un deflector, limitando la entrada de agua cálida hacia las zonas más vulnerables del glaciar para ralentizar su deshielo.
Los impulsores del proyecto, previsto para ser estudiado en detalle a partir de 2026, lo presentan como una investigación aplicada. El objetivo declarado no es detener el proceso de manera permanente, sino ganar tiempo crucial para que la sociedad avance en la adaptación costera y en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, la iniciativa genera un intenso debate. Por un lado, se destaca su lógica de atacar directamente una de las causas del deshielo. Por otro, se señalan importantes desafíos: un costo estimado en miles de millones de dólares, la extrema dificultad logística y ambiental de operar en la Antártida, posibles impactos ecológicos no deseados y los riesgos éticos inherentes a las intervenciones de geoingeniería climática.
Expertos subrayan que, incluso si fuera técnicamente viable, esta solución no aborda la raíz del problema: el calentamiento global causado por la actividad humana. La «cortina submarina» refleja así un cambio en el discurso frente a la crisis climática, donde junto a la mitigación y la adaptación, comienza a considerarse la posibilidad de intervenciones físicas directas en ecosistemas críticos.
