La Sociedad Argentina de Cardiología publicó su primer Consenso de Salud Digital, donde reconoce la telemedicina como práctica médica plena y marca límites claros al uso de inteligencia artificial.
La consulta médica ya no se limita al consultorio. Hoy puede realizarse a través de una pantalla o un celular, e incluir datos de dispositivos como un smartwatch que mide el pulso en tiempo real. Los algoritmos también interpretan síntomas, a veces incluso antes que el médico. La pregunta ya no es si la medicina se digitalizará, sino quién controla estos procesos y hasta dónde se puede llegar sin alterar el núcleo del acto médico y la relación entre profesional y paciente.
Con este contexto, la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) publicó su primer “Consenso de Salud Digital”, un documento que busca ordenar y brindar sugerencias claras en un área donde la innovación suele correr más rápido que las reglas y las costumbres. El trabajo completo fue publicado en la Revista Argentina de Cardiología y reconoce que la salud digital ya no es un complemento, sino parte de la medicina cotidiana.
El consenso reflexiona sobre cinco prácticas que ahora tienen el mismo estatus que una consulta presencial:
- Teleconsulta: médico y paciente a distancia.
- Teleinterconsulta: intercambio entre profesionales.
- Telemonitoreo: seguimiento remoto de variables clínicas.
- Telegestión: recetas, estudios e historia clínica digital.
- Teleeducación: formación médica y del paciente.
Un punto clave es que todas estas nuevas formas deben ser consideradas actos médicos plenos. No son un “extra” ni un servicio informal, sino trabajo profesional que debe ser adecuadamente remunerado.
El documento también aborda la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA). La reconoce como una herramienta con enorme potencial para mejorar procesos, ordenar información y reducir errores, pero le marca un límite nítido: la IA no puede tomar decisiones clínicas por sí sola ni ser la única fuente de información médica. Esto se debe a que los sistemas de IA suelen “alucinar”, es decir, generar respuestas falsas con apariencia de certeza, lo que en medicina puede tener graves consecuencias.
El consenso advierte sobre tres riesgos concretos: sesgos en los algoritmos, falta de transparencia en los datos y profundización de desigualdades sociales. Por ejemplo, sistemas entrenados con datos incompletos pueden funcionar peor en mujeres o poblaciones subrepresentadas.
Además, el documento se mete en el terreno del uso de redes sociales por parte de los médicos. Las reconoce como útiles para educación y comunicación, pero advierte que siguen sujetas a las mismas responsabilidades éticas y legales que la práctica médica. Entre los puntos sensibles destaca evitar divulgar datos de pacientes, diferenciar contenido educativo de recomendaciones personalizadas, sostener el rigor científico y no banalizar ni espectacularizar la información médica.
En medio del entusiasmo por la innovación, el consenso recuerda que la medicina puede volverse más eficiente, accesible y conectada, pero si pierde el vínculo humano, pierde su sentido.
