El actor argentino habla sobre su incorporación a la cuarta temporada de la serie, el apoyo del público tras la pérdida de su esposa y los desafíos de la ficción en la actualidad.
Qué lindo es ver en pantalla a Arturo Puig. Verlo caminar junto al Eliseo de Guillermo Francella en el rol de presidente de la Nación, en la nueva temporada de El encargado, es conectar con una historia dedicada a la actuación. El actor es la gran incorporación en la que parece ser la conclusión de la serie, ocupando un lugar de relevancia que se ganó a fuerza de trabajo, esfuerzo y talento.
Aunque esta cuarta temporada de El encargado llegó esta semana a Disney+, lo cierto es que se filmó durante el primer tercio de 2025, hace ya un año. Habían pasado unos pocos meses desde el fallecimiento de Selva Alemán, esposa, compañera y compinche de Puig durante medio siglo. Por lo que la oferta para este papel resonó en el actor mucho más profundo que otras tantas que tuvo a lo largo de su carrera. Un pequeño paliativo para el enorme dolor que atravesaba: “El encargado me sacó de una gran tristeza, que surgió con la partida de Selva. El trabajo de alguna manera sana, así que imaginate lo gratificante que fue para mí grabar la serie. Fue muy bueno volver a la pantalla así, con un proyecto como este”.
—¿Pero no tiene también sus contras incorporarse en la última etapa de un proyecto tan instalado?
—En este caso fue todo a favor. El personaje era interesante, las escenas que hicimos también. Y tanto la producción como el elenco han sido muy buenos conmigo, además de muy afables y organizados. De lo único que me puedo quejar es que hubo algunas levantadas demasiado temprano, eso es lo peor que me podés hacer (risas).
—Tu versión del presidente de la Nación es más bien inocente, amable. Bastante alejado a lo que estamos acostumbrados en la vida real. ¿Estaba así en el guion o decidiste hacerlo de esa manera?
—Era así, un personaje más bien blanco, un hombre que está un poco cansado de ser presidente. El hecho de que Eliseo sea como un asesor lo revive un poco, pero es bueno, digamos. No tiene tanta oscuridad. Me gustó hacerlo así, además, yo me guío mucho por el libro, por supuesto.
—Puede ser. Me acuerdo de Alberto Migré, por ejemplo. Era un genio y tenía un talento impresionante escribiendo. Y no permitía que cambiaran la letra, pero ni una palabra.
—En el primer programa que hice con él, que era Pablo en nuestra piel, tenía un monólogo muy grande al final del capítulo. Cuando lo terminé, todos me aplaudieron. Bajó él, que estaba en el control, y me dijo: “Muy bien, Puig, pero me hizo una adaptación. Usted dijo: ‘Brindo con este vaso…’, y acá dice: ‘Brindo con la copa’. Le contesté: “Bueno, pero es lo mismo, la copa o el vaso’”. Y me respondió serio: “No, no, no, no. No suena igual”. Y claro, tenía razón. Un maestro.
—Recién mencionabas que este proyecto llegó poco después del fallecimiento de tu esposa, y me acordaba de la enorme cantidad de muestras de cariño que recibiste entonces, tanto de tus colegas como del público.
—Me siento muy querido por el público, y es algo que me hace muy bien. La gente en la calle me para y me dice: “Fuerza, ánimo, siga adelante, lo queremos”, y eso es hermoso. Con respecto a Selva, a mí también me sorprendió lo querida que era ella, la admiración que le tenían. Fue impresionante.
—¿Te sentís más querido por el público o por tus colegas?
—Creo que por ambos. Yo siempre recuerdo que de muy chico, cuando recién empezaba en la profesión, leí algo que había dicho el actor Edward G. Robinson y me quedó grabado: “En la subida o en la bajada uno siempre se encuentra, entonces hay que portarse bien con los compañeros”. Me parece un buen consejo. Yo creo que siempre me he comportado correctamente con mis compañeros, y eso ha hecho que me quieran, o no. Porque lógicamente no siempre te va a querer todo el mundo, pero siento que he hecho lo correcto.
—Y me imagino que en el set de El encargado, había toda una camada de nuevos actores que decían: “Ahí viene Arturo Puig”.
—Sí, miran, se fijan lo que hago, cómo actúo (se ríe). Me hacen sentir muy bien. Me gusta que haya gente nueva en las series, que les den la oportunidad a muchos actores que de golpe no pueden llegar a la televisión. Yo viví una época muy diferente a esta, que era la ficción en los canales de aire. Se grababa mucho, había mucho movimiento. Por suerte ahora están las plataformas, porque si no la ficción desaparecería.
—Hace poco te escuchaba hablar de una teoría de Carlos Rottemberg, que señalaba que el problema era todavía más profundo de lo que se puede ver a simple vista.
—Es cierto, la teoría de él es que al no haber ficción, tampoco se generan figuras que después puedan llevar gente al teatro. La verdad es que puede pasar. Él pone un ejemplo muy fuerte, que es el de la calle Lavalle, que en una época congregaba multitudes y hoy está desierta. Entonces él se pregunta: “¿Qué va a pasar con Corrientes?”.
—Creo que puede llegar a pasar lo que sucede en Nueva York o en Londres, que son dos centros teatrales muy importantes: comedias musicales, con gente que las hace maravillosamente bien, pero que vos no conocés, no sabés los nombres. Pero sí, —concluye Puig—.
