Para escapar de las multitudes en los sitios más concurridos de Roma, proponemos un recorrido por cinco rincones poco conocidos que revelan la esencia más auténtica de la capital italiana.
Para escapar a las multitudes en fila frente a la Bocca della Verità, el Panteón, la entrada de los Museos Vaticanos o los pórticos de seguridad de San Pedro, no hay mejor compañero que Luca Barbarossa. Las canciones del popular cantautor romano, que puede jactarse de haber comenzado su carrera entonando clásicos italianos en Piazza Navona, hablan de una Roma que solo pueden conocer, interpretar y adivinar los romanos de pura cepa. Nos lleva a la mágica Vía Margutta, a pocos pasos de la abarrotada Piazza di Spagna, donde «cade la notte, senza fare rumore» (la noche cae, sin hacer ruido). Nos acompaña por los callejones de esta Caput Mundi, la verdadera capital del mundo, donde «pe’ tutti ce sta ‘n cuartino e ‘na bruschetta» (para todos hay un cuartito de vino y una bruschetta). Cada viajero tiene su Roma, más o menos monumental y turística. Pero muy pronto, el laberinto de sus calles nos lleva hacia esquinas, plazas, colinas y pasadizos del tiempo que forman un mapa personal e irrepetible. Así, al azar de nuestras deambulaciones, nos espera este puñado de sitios, secretas joyas de una Roma que «è de tutti, pure de chi sta allo sprofonno; perché ‘na vorta era de Roma un po’ tutto er monno» (es de todos, incluso de quienes están en lo más bajo; porque hubo un tiempo en que Roma era un poco todo el mundo).
San Pablo Extramuros
Es una exquisita joya del arte religioso, mucho menos visitada que el Vaticano, Santa María la Mayor y otras iglesias céntricas de Roma, aunque es una de las cuatro basílicas mayores de la ciudad. Discreta e imponente a la vez, sorprende no solo por sus dimensiones, sino también porque en sus paredes se aprecia el legado de los siglos, con mosaicos que retratan a cada papa desde San Pedro. La basílica se erigió sobre la tumba del apóstol Pablo, también conocido como el Apóstol de los Gentiles, y algunas de sus paredes datan del siglo IV. El fatídico incendio de 1823 devoró gran parte de su estructura medieval, pero fue reconstruida con magnificencia. En lo más alto de las naves, sostenidas por columnas de alabastro, los mosaicos dorados forman una procesión de rostros. Los papas se suceden unos a otros y los visitantes de hoy se llevan la grata sorpresa de descubrir que tanto Francisco como León XIV han sido agregados recientemente, lo que suma dos pontífices del Nuevo Mundo. Están al final, junto a emplazamientos vacíos que esperan a los futuros sucesores de San Pedro. Después del cuerpo central de la basílica, vale la pena dedicarle un momento al claustro del siglo XIII, un superviviente milagroso de las llamas.
Monte Testaccio
En el corazón del barrio de Testaccio se alza una anomalía arqueológica que pasa desapercibida para muchos transeúntes. Sin embargo, nos habla de la logística de los tiempos imperiales. A diferencia de las siete colinas de Roma, que son naturales, el monte Testaccio es artificial. Podría decirse incluso que es un monumento escondido al sobreconsumo que ya existía en el mundo antiguo, hace dos mil años. Este monte es, en realidad, un vertedero formado por 25 millones de fragmentos de ánforas de aceite que se fueron acumulando durante varios siglos. Estas vasijas, en su mayoría procedentes de la Bética (la actual Andalucía), llegaban por el Tíber y, al no ser reutilizables, se apilaban en el lugar que terminó convirtiéndose en un monte en la toponimia romana. En sus fragmentos de arcilla aún se pueden leer los «tituli picti», las etiquetas de los siglos II y III d. C., que ya especificaban el peso, el origen y el mercader. La trazabilidad no es una invención moderna, como se descubre frente a esta colina de 54 metros de altura.
Centrale Montemartini
A solo quince minutos de este monte que no lo es, se llega a un museo único en el mundo. En el tiempo que se tarda en escuchar algunos temas de Luca Barbarossa como Roma Spogliata u otros, se cruza el barrio Ostiense de Roma hasta la Centrale Montemartini. Pocos lugares en el mundo fusionan la arqueología industrial y el arte clásico. Se trata, en realidad, de una exposición de estatuas de dioses y héroes antiguos en una antigua central termoeléctrica de 1912. El arte clásico convive con turbinas, calderas y motores diésel. Es un escenario surrealista en el que la frialdad de las máquinas realza la pureza del mármol de las obras que fueron excavadas en Roma a finales del siglo XIX. Como dato insólito en un museo insólito, se exhibe el tren de 1859 del papa Pío IX, cuyos vagones fueron convertidos en apartamentos de lujo y capillas móviles.
Scalinata de Monteverde
Las escalinatas más famosas de Roma son las de la plaza de España. Sin embargo, no son las únicas en la ciudad de las siete colinas. En el Trastevere, pero en una zona alejada del bullicio y de la vida nocturna, unos 128 peldaños suben hasta lo que se podría considerar el «balcón de la nostalgia». La Scalinata es una prolongación del Viale Glorioso que sube hasta la parte superior de Monteverde. Desde ahí arriba, debajo del pino parasol (que le da un toque romano inconfundible al conjunto), se pueden disfrutar unas vistas de Roma en las que destaca la cúpula de San Pedro y los tejados de la ciudad eterna.
