El Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911 como el primer casino de Sudamérica, cerró en 1920 y quedó en ruinas tras un incendio en 1983. Hoy, excursiones nocturnas recorren sus restos entre leyendas de fantasmas y misterios sin resolver.
Los fulgores blancos de la luna se alargan sobre los contornos de los picos y las laderas de Sierra de la Ventana, mientras desde el cielo se disparan los destellos de todos los astros posibles. Sin embargo, el derroche lumínico no es suficiente para revelar cada pliegue del sendero de casi dos kilómetros que avanza a la par del arroyo Belisario, en el Parque Provincial Tornquist. Es el escenario de la excursión nocturna que conduce Horacio Mendoza, en dirección a las ruinas del monumental Club Hotel de la Ventana.
El guía anuncia una experiencia poblada de relatos paranormales y fenómenos que escapan a toda explicación lógica. La inquietud de los visitantes aumenta con un chillido de aves insomnes desde la Barranca de los Loros. Los más informados recuerdan la ola de rumores sobre un supuesto embrujo en un almacén cercano a la rotonda central, cuyo propietario cerró abrumado por objetos que caían de las estanterías sin razón aparente. “Es el espíritu de la madre de uno de los dueños”, es la teoría que aún se transmite de boca en boca.
Otros observan con desconfianza el hueco más famoso del cerro Ventana y prefieren pasar el trekking hasta la cumbre, persuadidos de que allí los espera una fuerza maligna, según la mitología tehuelche. Ahora, cuando en el horizonte apenas se distinguen los muros del hotel lujoso y efímero —inaugurado en 1911 y cerrado en 1920 por la prohibición de los juegos de azar dictada por el gobierno de Hipólito Yrigoyen—, Mendoza agrega el ingrediente más sugestivo: en 1943, la mole de granito volvió a abrir para albergar a 330 marinos del acorazado Admiral Graf Spee, sobrevivientes de la Batalla del Río de la Plata durante la Segunda Guerra Mundial.
Durante dos años, los alemanes prisioneros disfrutaron de la opulencia del primer casino de Sudamérica: tres plantas, 173 habitaciones y cuatro suites en 70 hectáreas, a 550 metros de altura, construido por los directivos ingleses del Ferrocarril del Sud. Contaba con capilla, usina a vapor, gimnasio, frigorífico, enfermería, salón de fiestas, peluquería, solario, comedor y cocina. La partida de los soldados en enero de 1946 dejó una estela de mitos. El hotel fue saqueado hasta que en 1983 un incendio decretó su destrucción total, sumando otro misterio sin dilucidar.
La decadencia agitó la creencia popular sobre rincones cargados de energía, con pasos y voces de figuras fantasmagóricas. Los visitantes, incluso los más incrédulos, retoman esas verdades a medias con la esperanza de cruzarse con siluetas fosforescentes o jinetes espectrales. Años atrás, el vecino Adolfo Leischman contaba que un tripulante del Graf Spee le advirtió sobre sombras extrañas; él mismo afirmó haber visto una figura encorvada de 2 metros flotando a medio metro del piso, que algunos identificaron como Franz, un maquinista del barco hundido. Ahora Mendoza recrea esas historias perturbadoras, mientras los chillidos de los murciélagos agitan la atmósfera de incertidumbre.
