En el norte de La Pampa, Victorica conserva los vestigios de la frontera entre indígenas y colonos, con un parque que recuerda la extracción de adobes y una plaza que busca reconciliar las dos caras de un conflicto.
El mangrullo del parque Los Pisaderos transporta a otra época. Allí, en el norte de La Pampa, se recuerdan los tiempos de indios y fortines, de inmigrantes europeos y de la decisión del gobierno de Nicolás Avellaneda de expandir las fronteras productivas del país. En el extenso y despoblado territorio argentino, las fronteras eran inestables. Durante más de 300 años, indígenas y blancos guerrearon por las mismas tierras, y los acuerdos de paz solían ser efímeros.
Adolfo Alsina, ministro de Guerra, diseñó una estrategia defensiva basada en fortines, una línea de telégrafo de más de 700 km y una zanja de casi 400 km —la Zanja de Alsina— para dificultar el robo de ganado. El plan se complementó con una ofensiva militar conocida como la Campaña del Desierto, que comenzó en abril de 1879. La Tercera División, al mando del teniente coronel Eduardo Racedo, avanzó desde Villa Mercedes, San Luis, sobre territorio ranquel, en lo que hoy es el norte de La Pampa.
La resistencia indígena estaba diezmada pero no eliminada. Junto a los militares se movilizaron soldados, familias, comerciantes e «indios amigos» que colaboraban como baqueanos o lenguaraces. Tras recorrer 300 kilómetros siguiendo la ruta que Lucio V. Mansilla había trazado diez años antes, llegaron a un paraje llamado Echohué, donde encontraron agua y pasturas. Allí fundaron el Fortín Resina. La réplica del mangrullo marca el lugar donde se extrajo tierra para hacer los adobones de las primeras casas y cuarteles, sitio que se conoció como Los Pisaderos.
Tres años después, el 12 de febrero de 1882, el fortín se transformó en pueblo, con el nombre de Victorica, en honor al entonces Ministro de Guerra y Marina. Al año ya contaba con 1500 habitantes, dos colegios y alumbrado a querosén en la plaza. Sin embargo, la Campaña del Desierto había desplazado a las poblaciones originarias. En agosto de 1882, un grupo de ranqueles se enfrentó con una partida del Ejército cerca del cerro Cochicó. Fue el último combate entre militares y pueblos originarios. En la plaza central de Victorica se erigió un monumento «a los Héroes de Cochicó», que recordaba solo a los ocho soldados caídos.
Con el tiempo, la mirada sobre la historia cambió. En 2005, un plebiscito buscó modificar el nombre del monumento para incluir a los seis indígenas fallecidos, pero la denominación ya estaba arraigada. Se decidió entonces incorporar la tumba de Yankamil, el jefe ranquel que lideró a los indígenas en Cochicó. Un sencillo monumento de piedra, a metros de la pirámide, recuerda que hubo bravura en ambos bandos.
Hoy, Los Pisaderos es un parque y reserva natural. La plaza principal reúne las dos caras del conflicto por la tierra, y a 15 km de Victorica está la tumba de Panghitruz Güor, el gran cacique ranquel. La comunidad trabaja para integrar a los descendientes de los pobladores originarios, preservar su lengua y cultura, y rescatar todas las facetas de la historia. Se puede participar, por ejemplo, del año nuevo ranquel, que se celebra en junio.
