El pueblo de Pipa, en Río Grande del Norte, Brasil, pasó de ser un refugio de pescadores a un destino turístico con once playas, gastronomía típica y opciones de alojamiento para distintos presupuestos. Una guía con datos sobre cómo llegar, cuánto cuesta y dónde alojarse.
Un barril de vino no hace nada durante años: se queda quieto, oscuro, en un rincón de la bodega, mientras afuera el mundo cambia de estación varias veces. Sin embargo, ahí adentro, en esa quietud que a simple vista parece inactividad, ocurre lo único que realmente importa: el vino se transforma, gana cuerpo, se vuelve otra cosa mejor que la que era al principio.
Los portugueses que llegaron al Nordeste de Brasil a fines del siglo XVII debieron pensar algo parecido cuando vieron, desde el mar, un acantilado con forma curva que les recordó a esos toneles de madera que cargaban en las bodegas de sus barcos.
Le dijeron “pipa”, que en portugués de Portugal significa justamente eso: barril. Con los siglos, la palabra le quedó al pueblo entero. Como el vino, Pipa también estuvo quieta durante mucho tiempo, ignorada por casi todos salvo por los pescadores que vivían de mirar el mar, hasta que en los años ’80 unos surfistas la «descubrieron» y el rumor empezó a correr.
Hoy, esa larga maduración silenciosa se luce: Pipa no parece un destino recién estrenado que puede parecer montado ex profeso. Se cocinó despacio y llegó, finalmente, a su punto.
Once playas y un solo pueblo
La particularidad de Pipa es que, en rigor, no es una sola playa casi una docena. Todas repartidas a lo largo de una costa que serpentea entre acantilados de arenisca roja y bosques de cajueiros.
La Praia do Amor, la más fotografiada, debe su nombre a la silueta de corazón que dibuja vista desde lo alto de la falésia, y es también la preferida de quienes surfean: el oleaje ahí es más fuerte que en el resto del balneario. Se llega por una escalera tallada en la piedra durante la marea alta, o caminando directamente por la arena cuando el mar se retira.
La Praia do Centro, en cambio, es la versión doméstica: aguas calmas, piletas naturales que se forman con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que todavía trabajan aunque el turismo les gane terreno cada temporada.
Un poco más al norte, en la Baía dos Golfinhos, el protagonismo se lo llevan justamente los delfines, que se acercan a la costa a comer y que cualquiera puede ver nadando a pocos metros, sin necesidad de excursión ni de guía.
Más allá de esta belleza, el verdadero hallazgo de Pipa está en moverse un poco más allá del pueblo. Cruzando en balsa hacia Tibau do Sul, del otro lado del río, aparecen las dunas: campos gigantescos de arena blanca donde los cajueiros parecen treparse entre médanos, y donde un paseo en buggy revela playas de nombres sonoros: Malembá, Barreta, Camurupim, que rara vez aparecen en las postales clásicas.
Es un paisaje que cambia de escala apenas se sale del circuito principal, como si Pipa guardara siempre una segunda versión de sí misma, un poco más salvaje, para los que se animan a moverse un poco más.
Esa combinación de playa accesible y naturaleza a mano es también lo que define el alojamiento en la zona: acá el lujo no se mide en metros cuadrados de mármol sino en cuánto verde hay alrededor de la pileta.
Sabores, atardeceres y el ritmo Potiguar
La gastronomía de Pipa tiene una particularidad que la distingue de otros destinos de playa brasileños: la mayoría de los locales abre recién a media tarde, como si el pueblo entero se pusiera de acuerdo en reservar la luz del día para el mar y guardar la mesa para cuando el sol empieza a bajar.
La avenida principal, la Baía dos Golfinhos, se convierte entonces en una sucesión de mesas al aire libre, música en vivo y aromas que van de las propuestas de autor a la cocina Potiguar, como se conoce a la de Río Grande del Norte, con la moqueca como bandera, un guiso de pescado o mariscos, cocinado a fuego lento con leche de coco, aceite de dendê (de palma), tomate, cebolla y pimientos.
Ahí es donde entra otra de las direcciones que conviene anotar: cerca de Chapadão, el mirador natural que se formó entre las playas de Minas y do Amor, la Pousada Sempre Vivo funciona como un refugio con vista panorámica al acantilado, y comparte casa con una segunda sede del restaurante Cicchetti, que trasladó ahí su propuesta de porciones pequeñas al estilo veneciano.
La combinación de la vista, el jardín y una carta pensada para compartir la convierte en una escala obligada para el atardecer, sobre todo para quienes prefieren cenar temprano y después bajar caminando hasta el pueblo para el resto de la noche.
Esa vida nocturna, por otra parte, tiene su propio ritual: bares con música en vivo de martes a sábado, ferias de artesanos que ocupan las veredas y la costumbre, muy Potiguar, de cerrar la noche con una caminata por la playa, sin apuro, con el mar todavía tibio a esa hora.
Para quienes prefieren el día, Praia do Madeiro ofrece una alternativa más silenciosa: rodeada de palmeras, es una de las playas mejor valoradas del mundo según los usuarios de TripAdvisor, y sigue siendo, pese a la fama, uno de los rincones donde Pipa conserva algo de esa quietud original que le dio nombre.
Llegar hasta ahí no exige demasiada planificación. El acceso habitual es volando hasta Natal, capital de Río Grande del Norte, y completando después un viaje en auto de aproximadamente una hora y media hacia el sur. También es posible entrar desde João Pessoa, un poco más al sur, con un trayecto similar.
Una vez en el pueblo, la bicicleta y las caminatas cubren casi todo el recorrido, aunque para las excursiones a las dunas o a las playas más alejadas conviene sumar un buggy o un traslado organizado.
Como suele pasar con los destinos que maduran despacio, Pipa no exige apuro. No es para el que llega con la agenda apretada. Premia a quien está dispuesto a quedarse un poco más.
Cómo llegar
- Desde Buenos Aires, JetSmart vuela directo a Natal con tarifas promocionales que arrancan en los 270 dólares por tramo, impuestos incluidos.
Dónde alojarse
- El alojamiento en Pipa cubre un rango bastante amplio. La Pousada Toca da Coruja ronda los US$ 200 a US$ 230 la noche entre semana, con picos de hasta US$ 400 los fines de semana o en temporada alta.
- La Pousada Sempre Vivo, junto al Chapadão, se consigue en general desde US$ 130 a US$ 200 la noche, según la categoría del bungaló y la fecha elegida.
- Para quienes prefieren un presupuesto más ajustado, Airbnb ofrece una alternativa considerablemente más económica: departamentos bien ubicados, a pocas cuadras del centro o de la playa, arrancan desde US$ 50 o 60 la noche, con opciones aún más básicas por debajo de esa cifra fuera de temporada alta.
Cuánto cuesta
- El clásico paseo en buggy por el litoral, con parada en las dunas y en playas como Malembá o Barreta, se cotiza por vehículo (hasta 4 personas) y arranca desde unos US$ 85 repartidos entre el grupo, aunque las versiones guiadas de día completo pueden llegar a US$ 110; a eso hay que sumarle la tasa del ferry, unos 2 dólares por persona.
- El paseo en lancha por la Baía dos Golfinhos, la excursión más popular para ver delfines, cuesta desde US$ 9 o 13 por persona en su versión compartida de una hora, mientras que las salidas más largas, con almuerzo, bebidas y puesta de sol incluidos, rondan los US$ 55 por persona.
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