El primer ministro canadiense, Mark Carney, advirtió en Davos sobre el fin del orden internacional liberal y el papel de las potencias medias. La región es observada por las principales economías mundiales debido a sus recursos naturales y estratégicos.
En su discurso en Davos en enero, el primer ministro canadiense, Mark Carney, se refirió al fin del orden internacional liberal basado en reglas y al papel que deben jugar las potencias medias en la nueva coyuntura. En esa intervención, citó la frase: «si no estás en la mesa estás en el menú».
La sentencia alude a que, si no se participa en la toma de decisiones, se queda sujeto a las decisiones de otros. Esta situación es aplicable a los países latinoamericanos, que son observados con atención por China y Estados Unidos, las dos mayores potencias.
Ambos países buscan ampliar su influencia en la región. Muchos gobiernos latinoamericanos, incluso aquellos más alineados con uno u otro, enfrentan presión de ambas potencias. Por ello, se señala la importancia de participar en las instancias de decisión.
No obstante, debido a la debilidad de los mecanismos de integración regional, resulta complejo negociar con Washington o Pekín en condiciones de igualdad. Por su tamaño y fortaleza, solo Brasil y México están en condiciones de hacerlo con ciertas garantías, según el análisis.
El interés de los líderes internacionales en América Latina se ha manifestado recientemente. Xi Jinping habló de construir una comunidad de futuro en el marco de su iniciativa por la Gobernanza Global, mientras que Donald Trump reivindicó el valor estratégico del Hemisferio Occidental, una idea plasmada en su Estrategia de Seguridad Nacional y en el llamado Corolario Trump de la Doctrina Monroe.
Otros actores también prestan atención a la región. Ursula von der Leyen y Narendra Modi buscan convertir a los países latinoamericanos en socios preferentes. Japón y Corea del Sur, por un lado, y Turquía, Rusia e Irán, por el otro, también siguen la situación latinoamericana.
Los motivos de este interés incluyen los vastos recursos naturales y minerales disponibles y la gran biodiversidad de la región. América Latina es un gran productor mundial de alimentos, con capacidad para alimentar a más de 1.300 millones de personas, posee grandes depósitos de agua dulce y potencial para generar energías renovables a gran escala. Además, cuenta con reservas de minerales y combustibles fósiles: el 20% del petróleo mundial, cerca del 60% del litio, principalmente en el «Triángulo del Litio» (Argentina, Bolivia y Chile), y más del 35% del cobre. También dispone de otros minerales críticos como grafito natural, estaño y niobio, con Brasil superando el 90% en este último, e incluso tierras raras. A esto se suma el capital humano disponible en buena parte de los países latinoamericanos y el hecho de que la región es una zona de paz, desnuclearizada y libre de conflictos bélicos bilaterales o subregionales.
Frente a las presiones de Estados Unidos y China, buena parte de los gobiernos latinoamericanos ensaya estrategias duales. En lo político, especialmente en seguridad y defensa, se inclinan hacia uno; en lo económico, comenzando por comercio e inversiones, se acercan al otro. China es el segundo socio comercial de toda América Latina y el primero de buena parte de América del Sur. El canciller chileno Francisco Pérez Mackena lo expresó: «no somos ni antichinos ni antiestadounidenses, somos prochilenos».
Si bien el discurso chino se presenta como más amable que el estadounidense y se apoya en el poder blando en lugar del duro, la ambición de ambos gigantes es enorme y recuerdan constantemente de lo que son capaces. Ninguno actúa de forma altruista y se mueven en defensa de sus intereses nacionales.
La situación del petróleo venezolano, el trato dado a María Corina Machado y la postergación sine die de la convocatoria electoral son ejemplos de ello. La injerencia de los embajadores de Washington y Pekín es constante, como se observa en Chile con las intervenciones de Brandon Judd, ex jefe de la Patrulla Fronteriza, o de los «lobos guerreros» chinos como Xu Bu (2019-2020) o el actual Niu Qingbao.
Para aprovechar este interés internacional, que permitiría a los países latinoamericanos apostar por alianzas renovadas y diversificar su comercio y fuentes de inversión, estos deberían profundizar en lo que Carney llamó el pragmatismo basado en valores. Esto implica tener presente la soberanía y la integridad territorial, no usar la fuerza salvo en los casos previstos en la Carta de Naciones Unidas y el respeto de los derechos humanos, principios presentes en el ADN latinoamericano pero no siempre respetados.
Para ello es necesario potenciar la cooperación, coordinación y colaboración de las políticas intergubernamentales, tanto a nivel regional como subregional. Esto permitiría que en asuntos clave de la agenda internacional los países dejen de actuar por separado, como ocurrió con el COVID o actualmente en la lucha contra el narcotráfico, y les dotaría de mayor poder de negociación frente a los grandes actores globales.
Carlos Malamud es historiador, catedrático de Historia de América de la UNED e investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.
