Un hepatólogo de Estados Unidos alerta sobre el incremento de diagnósticos de esta afección hepática, que suele ser asintomática en sus etapas iniciales. Expertos destacan la importancia de los hábitos de vida para su control.
El doctor Imad Nassif, hepatólogo en Wichita (Kansas, EE.UU.), señaló que está registrando un aumento en los casos de enfermedad del hígado graso entre sus pacientes. «Estamos observando más prevalencia, más incidentes y a edades más tempranas», afirmó. Aunque esta observación clínica no constituye por sí sola una evidencia epidemiológica definitiva, sirve como un indicador de posibles cambios en los hábitos o factores de riesgo metabólicos de la población.
La enfermedad consiste en la acumulación de grasa en el hígado. Su particularidad es que frecuentemente no presenta síntomas claros hasta que el daño ha avanzado, pudiendo progresar en algunos casos a inflamación (esteatohepatitis), fibrosis, cirrosis o incluso necesidad de trasplante.
La detección temprana es clave, ya que la afección suele mejorar con cambios sostenidos en el estilo de vida. Estos incluyen el control del peso, la actividad física regular, una alimentación equilibrada, la moderación en el consumo de alcohol y un descanso adecuado.
En los últimos años, la comunidad médica ha adoptado con mayor frecuencia el término MASLD (enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica) para enfatizar su vínculo con condiciones como la obesidad, la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2, la dislipidemia y la hipertensión.
Estudios de alcance global, como un metaanálisis publicado en la revista Hepatology, estiman que la prevalencia de hígado graso ronda el 25% de la población mundial y se asocia fuertemente con la obesidad, la diabetes y el síndrome metabólico. Esto explica por qué muchos pacientes sin síntomas aparentes pueden presentar enzimas hepáticas elevadas o hallazgos de grasa en ecografías realizadas por otros motivos.
