En su nueva novela, ‘Una casa sola’, Selva Almada otorga voz a una vivienda para explorar la desaparición de una familia. La obra dialoga con la tradición literaria nacional, evocando el clásico ‘La casa’ de Manuel Mujica Lainez.
Una casa puede ser mucho más que un refugio; puede convertirse en el narrador de su propia historia. Eso es lo que propone la escritora entrerriana Selva Almada en su novela más reciente, Una casa sola. En ella, una vivienda deshabitada en medio del monte relata en primera persona la misteriosa desaparición de la familia Lucero, que la habitaba.
La casa observa y recuerda. Desde su inmovilidad, registra los detalles mínimos, las conversaciones de los visitantes y las escenas de la vida familiar, desde la llegada en solitario de Lucero hasta la formación de su hogar con Lorena. Su voz capta el ritmo y los sonidos del litoral, mientras intenta reconstruir el destino de sus habitantes.
La narración se expande más allá de los Lucero, remontándose a los tiempos en que el lugar era solo tierra, e incorporando las historias de otros espectros que vagan por el monte, como un caudillo asesinado que evoca la figura de Urquiza, una mujer que se ahorcó y excombatientes de Malvinas.
Esta no es la primera vez que una casa toma la voz en la literatura argentina. Manuel Mujica Lainez lo hizo de manera emblemática en su novela gótica La casa. Situada en la calle Florida a fines del siglo XIX, la narradora de Mujica Lainez cuenta la historia de una familia aristocrática y su decadencia, siendo testigo de la transformación social.
Aunque ambas casas son narradoras y reconstruyen historias mientras se desmoronan físicamente, sus voces son distintas. La de Mujica Lainez es más introspectiva y humana, mientras que la de Almada encarna una forma de habitar el espacio natural, explorando desde su mirada las relaciones de poder entre patrones y puesteros, hombres y mujeres, y la humanidad con la naturaleza.
La novela de Almada se inscribe así en una tradición narrativa que presta atención al devenir de la naturaleza y las estaciones, explorando las capas de la realidad más allá de la modernidad, algo que también puede rastrearse en su obra anterior, No es un río.
