La economía argentina muestra contrastes profundos entre sectores que crecen y otros que caen. Analizamos las tres fracturas que marcan el rumbo del país.
Las postales que retratan el desempeño de la economía argentina están siempre marcadas por el contraste y la dualidad. La actividad productiva muestra sectores que están creciendo aceleradamente (minería, energía, bancos) y otros que no encuentran un piso en su caída (textiles, calzados). Hay empresas que cierran (Fate) o que se van del país (Nissan), y marcas que anuncian su próximo desembarco (H&M). Nichos de bienes dolarizados que están en su mejor momento (autos de lujo) y alimentos básicos cuyo consumo retrocede (productos lácteos).
Surge entonces una pregunta central: ¿es la disparidad un rasgo intrínseco del modelo económico actual, o constituye un desvío coyuntural? ¿Las asimetrías representan una característica determinante para un programa económico, o simbolizan una fase de transición hacia un estadio más evolucionado? Las respuestas a estos interrogantes son decisivas para el futuro del proyecto oficial, porque determinan si el Gobierno debe mantenerse prescindente de esas dinámicas o administrar ese proceso.
Hasta ahora se pueden identificar tres tipos de asimetrías con raíces profundas en el tiempo, pero que se visibilizaron como derivaciones propias del actual programa económico. Por un lado, la que surge de observar el desempeño dispar de los distintos sectores productivos: entre los que encontraron mayores facilidades en la apertura comercial y los que la padecen, y entre los que tienen una proyección global y los que dependen del mercado interno. La segunda marca divisoria emerge entre grupos sociales: una clase alta y media alta que aceleró sus compras en dólares y se beneficia con el tipo de cambio, y clases media-baja y baja que consumen menos y tienen dificultades para llegar a fin de mes. La tercera bifurcación es la geográfica: regiones cordillerana (minería), patagónica (energía) y pampeana (campo) en prosperidad, y los conurbanos de las grandes ciudades, en particular el AMBA, con industrias deprimidas y consumos deteriorados.
Se trata del intento de reconversión más profunda de la concepción del país desde que se agotó el modelo de sustitución de importaciones a mediados de los 70. Es un experimento ambicioso que apunta a trasladar el epicentro productivo de la era industrial a zonas determinadas por los recursos naturales. También asume que la competitividad es la única fuerza organizadora de la matriz productiva, donde cualquier esquema de compensación es considerado una adulteración distorsiva. Además, lleva implícita una lógica de restauración individual que desafía la tradición igualitaria que caracterizó al país desde el siglo XX.
La última medición del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) correspondiente a febrero exhibió una caída general de la actividad del 2,1% interanual y de 2,6% respecto de enero. Sin embargo, lo que más llama la atención es la disparidad absoluta entre los distintos rubros. Por un lado, los ganadores: la pesca subió el 14,8% interanual, la minería 9,9%, la agricultura el 8,4% y los bancos el 6,6%. Por el otro, los perdedores: la industria manufacturera con una caída interanual de 8,7% y el comercio con un retroceso del 7%. De un extremo a otro hay diferencias de más de 20 puntos de actividad.
Como señaló Carlos Melconian en su reciente columna en La Nación, mientras el sector ganador “apenas araña el 20% de la economía”, el perdedor “ronda el 50% del PBI”. Por eso desestima la idea de una economía en dos velocidades, “porque da una idea de simetría”, y prefiere hablar de una “fragmentación regresiva”. Para algunos analistas, Argentina es un claro ejemplo de lo que se conoce como “enfermedad holandesa” (Dutch Disease), un fenómeno económico que se genera por un aumento repentino en los ingresos de divisas (generalmente por el hallazgo de recursos naturales como gas o petróleo), que termina perjudicando al resto de los sectores productivos del país, especialmente a la industria.
