La ficción que lidera las visualizaciones en la plataforma está inspirada en el emblemático y aún no resuelto caso de la desaparición y asesinato de Jorge Matute Johns en Chile en 1999.
La serie chilena ‘Alguien tiene que saber’ se ha convertido en una de las producciones más vistas en Netflix Latinoamérica. Esta ficción de 8 episodios, que narra la desaparición de un adolescente tras una fiesta, está basada en un caso real que conmocionó a Chile: la desaparición y posterior hallazgo sin vida de Jorge Matute Johns en 1999.
El periodista chileno Claudio Arévalo, quien participó en una extensa investigación televisiva sobre el caso, lo describe como «un ícono de la crónica policial y de la sociedad chilena porque sigue sin tener resolución respecto al autor material». La cobertura mediática fue constante durante años, instalándose en la memoria colectiva del país.
Los hechos: El 19 de noviembre de 1999, Matute Johns, de 23 años y estudiante de ingeniería forestal, fue a bailar a una discoteca en San Pedro de La Paz y nunca regresó. Tras su desaparición, su novia recibió una llamada anónima advirtiendo que «algo grave» le había sucedido. La investigación, inicialmente por desaparición, se redefinió como secuestro y obstrucción a la justicia, con siete detenciones en 2001 que luego fueron liberadas.
El caso dio un giro definitivo el 12 de febrero de 2004, cuando su cuerpo fue hallado a orillas del río Biobío. El Servicio Médico Legal confirmó que se trataba de un asesinato. Años después, en 2014, la exhumación del cuerpo reveló, mediante evidencia científica, que el joven murió bajo efectos tóxicos de pentobarbital, un fármaco usado para la eutanasia animal.
La jueza Carola Rivas, a cargo de la investigación reactivada, planteó en 2018 la hipótesis de que a Matute Johns le habrían suministrado la droga para dejarlo inconsciente y abusar sexualmente de él, un modus operandi que habría afectado a otras víctimas en la época. La magistrada señaló la dificultad de lograr una condena, dado el tiempo transcurrido y el fallecimiento de varios sospechosos.
Un elemento que la serie recrea es la figura de un sacerdote. En la vida real, el cura Andrés San Martín declaró en 2003, antes del hallazgo del cuerpo, que el joven estaba muerto y enterrado, lo que le valió una amonestación de la arquidiócesis. La familia de la víctima mantiene la creencia de que el religioso conoce más detalles del caso.
A pesar de las pesquisas y de haber sido cerrado y reabierto en varias ocasiones, el asesinato de Jorge Matute Johns permanece impune, convertido en un caso emblemático de la crónica policial chilena.
