En la última década, el uso de criptomonedas en Argentina pasó de ser un fenómeno de nicho a una práctica masiva. Hoy, cerca del 20% de la población utiliza estos activos, con un cambio notable: las stablecoins dominan las transacciones cotidianas, mientras Bitcoin se consolida como reserva de valor a largo plazo.
En la última década, el panorama cripto en la Argentina experimentó una transformación profunda. Si bien la adopción de stablecoins como herramienta de cobro, ahorro y transacciones cotidianas marcó un cambio estructural en el comportamiento de los usuarios, Bitcoin pasó de ser el protagonista exclusivo a consolidarse como un activo estratégico de inversión.
Hace diez años, se estima que menos de 200.000 personas operaban con Bitcoin en la Argentina, que prácticamente monopolizaba el mercado. Hoy, cerca del 20% de la población utiliza criptomonedas, según la consultora Chainalysis. Este crecimiento es exponencial en cantidad de usuarios, y también en complejidad: de un mercado dominado por BTC a un ecosistema diversificado donde conviven stablecoins y múltiples redes.
A pesar de que Bitcoin representa apenas el 5% de las preferencias al momento de cobrar ingresos (según datos de Bitwage), quienes lo eligen lo hacen de manera deliberada, destinando una parte de sus ingresos al ahorro en BTC. «Lo que observamos no es una caída de Bitcoin, sino un cambio en su uso. Antes era la puerta de entrada al mundo cripto; hoy es el activo que muchos eligen para quedarse, lo que refleja una adopción de estrategias financieras más maduras», explica Mariquena Otermin, directora de marketing de Bitwage.
Mientras las stablecoins ganaron terreno como el equivalente digital del dólar, esenciales en una economía como la argentina, Bitcoin ocupa un lugar más selectivo. Este menor protagonismo transaccional no implica menor adopción; por el contrario, el ecosistema sigue expandiéndose. La lógica actual es: se cobra y se usa en stablecoins; el excedente se destina a otros activos. Por ejemplo, freelances que trabajan para el exterior y cobran en cripto por su flexibilidad. Usan stablecoins, como USDC, para el día a día. Pero cuando pueden ahorrar, eligen Bitcoin como inversión a largo plazo, convencidos de su futuro valor.
Este fenómeno se replica globalmente, donde las stablecoins ya representan cerca del 30% del volumen del mercado cripto. Este desplazamiento refuerza el lugar de Bitcoin: deja de ser una herramienta transaccional para consolidarse como activo de inversión y reserva de valor a largo plazo. El uso cripto está cada vez más ligado al ahorro, la cobertura y la gestión de ingresos, y menos al trading especulativo.
Plataformas como Lemon reportan un crecimiento en los «HODLers» (usuarios que mantienen sus fondos en BTC por más de un año). Solo en Argentina, más de un millón de usuarios de esa exchange eligen mantener BTC como reserva, priorizando la preservación del poder adquisitivo. La emisión limitada de Bitcoin, la creciente demanda institucional (impulsada por los ETF) y su rol como cobertura frente a la incertidumbre macroeconómica explican su lugar central en el ahorro.
«Hoy el usuario argentino no entra a Bitcoin para especular, sino para resguardar valor. Hay menos especulación y más estrategia. Con Bitcoin en la zona de u$s 75.000, y a diferencia de otros ciclos, el mercado hoy tiene mayor participación institucional y menos apalancamiento especulativo, lo que genera movimientos más técnicos y menos extremos», señala Otermin.
La entrada de capital institucional (especialmente vía ETF en EE. UU.) modifica el comportamiento del mercado, integrando a Bitcoin al sistema financiero global y reduciendo su dependencia de ciclos especulativos extremos. En este esquema, Bitcoin complementa a las stablecoins: los dólares digitales resuelven la liquidez presente, mientras BTC se consolida como una reserva de valor de largo plazo, asociada a la lógica de un «oro digital». Una elección menos masiva, pero con mayor convicción.
El uso de stablecoins aumentó un 53% en solo 12 meses, transformándose de una herramienta de nicho a un instrumento cotidiano para ahorrar en dólares digitales, enviar dinero, pagar servicios y proteger el poder adquisitivo. Estos activos ganan terreno como una forma ágil de dolarización, permitiendo resguardar valor sin operar en mercados tradicionales, con disponibilidad casi inmediata y menores costos de transferencia. Además, funcionan como puente para inversiones descentralizadas u operaciones de trading.
El uso se diversificó: freelancers y profesionales las eligen para cobrar del exterior, evitando demoras y altas comisiones. Pymes las utilizan para pagar proveedores o recibir pagos internacionales. Plataformas locales ya permiten pagar servicios, suscripciones y realizar consumos en comercios.
«Stablecoins como USDC y USDT están vinculadas uno a uno con el dólar. Plataformas como Vesseo permiten al usuario cambiar pesos por dólares digitales y utilizarlos cotidianamente, desde pagar una comida con QR hasta ahorrar y generar intereses», detalla Sebastián Siseles, director general ejecutivo de Vesseo.
El avance plantea desafíos regulatorios y de transparencia sobre las reservas, pero la tendencia es clara: las stablecoins son una pieza cada vez más central en la economía digital argentina.
