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Los placeres que rodean la lectura de un libro

Más allá de sumergirse en una historia, hay rituales y tradiciones que todo lector disfruta: desde revolver librerías hasta oler las páginas. Un recorrido por esas pequeñas alegrías que acompañan al hábito de leer.

Los libros son una maravilla y leerlos es uno de los grandes placeres de la vida, pero ¿qué opinan de todos esos rituales que sobrevuelan la lectura y que no implican el hecho de compenetrarse en la historia? Son tradiciones, ritos y delicias en torno que atraviesan a todos los lectores.

El primer gran ritual es revolver: librerías, puestos en parques, bibliotecas, estantes, canastos, mesas de saldos y cualquier otro adminículo que contenga libros. El hecho de agarrar, mirar, girar, leer la contratapa, abrir y chusmear algunas páginas, cerrar, devolver, y repetir hasta el infinito, sin apuro de ningún tipo, vuelve a la elección del libro un placer en sí mismo. Es tomarse el momento para elegir dónde uno se perderá, si en una historia de amores turbulentos o en una odisea épica del medioevo; si en una novedad que está entre las más vendidas o en un viejito medio olvidado pero alguna vez recomendado.

Después estará el mayor placer, quizás al mismo nivel de la lectura misma: oler los libros. Ah, pero qué maravilla cualquiera sea el perfume que emane de las páginas. Si es aroma a nuevo, los pulmones se llenan de esa mezcla de papel recién sacado de la imprenta, de esa tinta fresca, de esa combinación entre lo novedoso y la alegría de llevarse un libro a casa. Sin embargo, probablemente mejor aún, es el olor de los libros usados. Esas páginas amarillentas, suaves en el girar, con las letras ya tan grabadas con los años que al verlas uno se da cuenta de que fueron impresas en otro momento del universo. Y al oler aparece la satisfacción de ese aroma que contiene tiempo, guardado y lectura.

Luego siguen las tradiciones propias de cada cual, pero algunas compartidas por muchos. Los fanáticos de los thriller no podrán mentir y tendrán que admitir que hay dos costumbres que siempre sacan a relucir cuando están atrapados por la lectura. La primera maña es tener una posible solución al crimen, una presunta idea de quién es el asesino o una mínima sospecha de qué vínculo tuvo tal o cual personaje con la trama. Es, en buena medida, el gran imán de las novelas de misterios: que el lector intente descifrar el enigma. Si lo logra, hay que decirlo, quizás no era tan buena la historia. Si no lo logra, pero el final es demasiado desconcertante a tal punto de ser insólito, quizás tampoco satisfaga al lector.

Este mismo grupo, el de los fanáticos de las novelas de misterio, tiene otro hábito. Cuanto más avanza y la historia más se complejiza, empieza a pispear cuántas páginas le quedan al libro solamente para darse cuenta de que, en muy poco recorrido, se resolverán demasiadas dudas. Es una forma de adelantarse, sin descubrir absolutamente nada, e intentar calmar la ansiedad de respuestas literarias.

Y más tarde, como parte de esas costumbres, llega el duelo, el vacío por el libro ya terminado que, aunque se vuelva a leer, no tendrá ese primer impacto. Es una sensación de alegría, por el recorrido hecho, pero también una tristeza como de quien vuelve de vacaciones descansado pero con ganas de un poco más de playa. Entonces el libro quedará ahí, a un costado, abandonado por días y visto de reojo cada vez que uno pase por la estantería. Será observado con melancolía por las alegrías dadas, como quien recuerda algún momento grato de la infancia y sabe que no puede volver pero tampoco puede dejar de recordar (por suerte o por desgracia).

Por lo pronto, para salir de esa angustia literaria, de personajes que ya no volverán como los conocimos, es clave que el tiempo no pase y volver al origen de todo esto. A esas librerías, puestos en parques, bibliotecas, estanterías, canastos, mesas de saldos y cualquier otro adminículo que contenga libros para hallar, de nuevo, la magia escondida en otras páginas.

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