Manuel Mendoza Herrera, conocido como “Manteco”, contactó a Infobae desde Perú para hablar sobre su pasado como uno de los mayores mayoristas de cocaína en Argentina y sobre la muerte de su pareja, Déborah Urquiza.
Manuel Mendoza Herrera, “El Manteco”, fue uno de los más grandes mayoristas de cocaína de la historia argentina reciente. Contactó a Infobae esta semana desde Perú. Deseaba hablar, dijo.
—Manuel, ¿por qué querés hablar?
—Te soy honesto, ni yo mismo lo sé, pero tengo una deuda pendiente. Una deuda sentimental, ¿sí? Porque, de todo lo que pasó, nadie me supo dar una explicación de la muerte de mi mujer en ese momento. Pero vos sabés que en este mundo todo se sabe. No tengo las pruebas porque te mentiría si te digo que las tengo, pero sé qué fue lo que pasó. Yo quiero saber quién mató a mi mujer.
Ser uno de los más grandes mayoristas de cocaína es un título complicado para el mundo del crimen. “Manteco” ciertamente se lo ganó. La droga de alta pureza que, durante años, terminó cortada y embolsada en los bunkers de Rosario y las zonas norte y oeste del conurbano, literalmente, salía de su camioneta.
Oriundo de Trujillo, Perú, “El Manteco” se vinculó siete años a un misterioso capo, Jaider Mejías Quiñonez, “El Yayo”, peruano también, al que había conocido en una canchita de fútbol de Villa Celina. No fue ameno al comienzo. Se pelearon apenas conocerse. “Manteco”, grandote, aguerrido, pensó en darle una paliza a su compatriota tras una gresca en un partido. “¿Vos sabés quién es ese huevón? Es un duro”, le advirtió su primo. Días antes, “El Yayo” había salido de una prisión federal. “¿Y a mí qué carajo me importa?”, replicó Mendoza Herrera.
Mejías, lejos de ir por su pistola, encontró interesante su actitud. Días después, buscó a “Manteco” para ofrecerle un trabajo, por llamarlo de alguna manera. “Ya tenía experiencia, pero todo chiquitaje”, dice Herrera. Así, conformaron una sociedad criminal dedicada al tráfico a gran escala de droga de altísima pureza. Jaider se encargaba del contacto en Perú. “Manteco” se encargaba del resto, un jefe de logística que, con el tiempo, conoció como pocos el complicado camino clandestino que lleva media tonelada de droga a través de medio continente. Irónicamente, había llegado de Perú diez años antes con la idea de ser chef.
“Aparato”, lo llamaba “Manteco” al kilo, al que su banda compraba a un costo de 500 dólares para revenderlo a siete veces más en territorio argentino. Sus clientes -dealers y revendedores, grandes y medianas bandas- se llevaban de hasta 50, 60 kilos por vez, droga con la marca de un trébol, un guiño de calidad en el inframundo. Un envío de 500 kilos podía, tranquilamente, agotarse en una semana. No había un tarifario fijo. El dúo cobraba según la cara.
El negocio, desde ya, no estaba destinado a durar. La mujer de un preso encerrado en Marcos Paz los delató en la Justicia. Así, “Manteco” y su banda cayeron tres años más tarde.
La Fiscalía Federal de Hurlingham, a cargo del fiscal Santiago Marquevich, los allanó en octubre de 2022, con una redada de la Policía Bonaerense bajo la firma del Juzgado Federal N°3 de Morón que terminó con el hallazgo de 485 kilos de cocaína. Casi 300 kilos fueron encontrados en la camioneta Ford Rancher de “Manteco” en General Rodríguez. El resto fue encontrado bajo tierra en un tanque de agua, en una propiedad en Merlo.
El operativo fue un shock para la escena de la droga. De cara al fuerte desgaste que sufrieron en aquellos años las bandas encabezadas por capos peruanos en villas como la 1-11-14 y la 31 bis, el negocio de Jaider y “Manteco” parecía reescribir las reglas. Pero, en ese entonces, estaba listo para salir del negocio. Quería salir del negocio. Había acumulado, dice él mismo, 500 mil dólares.
“Manteco” fue detenido. Terminó preso y condenado, irónicamente, en el penal de Marcos Paz, la misma cárcel donde se encontraba el marido de su delatora, con un juicio abreviado por una pena de 5 años de cárcel que pactó en el Tribunal N°1 de San Martín. Volvió a su país gracias a la ley de extrañamiento. Jaider Mejías, en cambio, sigue prófugo hasta hoy. La delatora que lo entregó afirmó que “El Yayo” tenía un cuñado en Perú, el líder de un poderoso cartel.
Desde Perú, “Manteco” habla del negocio. Lo hace con una soltura sorprendente. Le pesa la conciencia, a pesar de su pena cumplida en los términos de la ley. Dice que ayudaba a jubilados, niños de la calle, cartoneros en la zona oeste, que se crió con disciplina, que no entró al negocio por necesidad. Pero “Manteco” habla. Ningún narco habló así en los últimos años, con semejante nivel de detalle.
—¿Por qué eran tan exitosos?
—Nosotros la vendíamos tal cual como llegaba. Por eso es que teníamos mucha aceptación. Vendíamos a cada rato. En un día dejaba cincuenta kilos acá, cien kilos allá, treinta kilos acá. A veces en una semana desaparecían los quinientos, ¿me entendés? Así como llegaba, volaba.
—¿Cómo funcionaba la cadena de precios?
—En la selva del Perú, lo que vendría a ser el VRAEM, un kilo te vale quinientos dólares. De ahí, cruzarlo de Perú a Bolivia, incluido flete por avioneta, en realidad, tiene un costo de mil dólares por aparato. Ahí ya va teniendo un costo de mil quinientos dólares. Y un kilo puesto en Buenos Aires, porque nosotros teníamos prácticamente la línea directa, era entre 2900 a 3 mil dólares por kilo. Entonces, nosotros teníamos un margen de venta según la zona, según la gente, según las caras. Con gente que venía de Rosario, por ejemplo, teníamos un precio de 3600 dólares el kilo. Venían a buscar 40, 50 kilos. Traíamos un material que tenía una manzanita como la del iPhone, o un trébol. A ese material lo regué por toda zona norte, oeste.
—¿Y cómo era tu rol?
—Yo era quien proveía los autos, las casas. Iba a buscarla en camioneta. Nunca iba a donde aterrizaba. Iba con una camioneta y me daban otra. En una camioneta entraban, más o menos, 200 kilos. En una casa guardaba tanta mercadería, en otra guardaba la plata, en otro guardaba plata que cobraba, y así. Mi jefe iba y venía de Perú. Cuando mi jefe venía con su familia, yo tenía que conseguirle una residencia para que estuviera tranquilo mientras él estaba acá. Los 500 mil dólares eran parte de lo que había ganado.
—¿Cuál era tu ganancia?
Me pagaban cien dólares por descargar el kilo, así como cien dólares por venta. Yo descargaba, guardaba, repartía y hacía las entregas. Aparte, yo tenía clientes míos, que venían del sur, a esos les podía vender diez mil dólares por kilo.
—¿Qué significan los colores de los panes de droga?
—Los verdes y los amarillos son los peruanos, de mejor calidad. Los grises encintados son bolivianos. Los negros son colombianos.
—¿Y tu mujer?
—Se llamaba Déborah Urquiza, era de Merlo. Murió el 20 de diciembre de 2022. La conocí en plena pandemia. Fue excelente persona, muy buena compañera.
—¿Sabía del negocio?
—Sabía. Ella estaba al tanto. Yo lo hablé con ella, le dije: “Mirá, gorda, tengo tanta plata ahorrada y ya quiero cortar, quiero, quiero parar”. Entonces teníamos plan A, plan B y plan C. El plan A, no te lo voy a negar, el plan A era volverme a Perú, casarme con ella, invertir esa plata en propiedades. El plan C, no te lo voy a negar, era quedarme en el negocio. No trabajar para nadie, quedar para mí.
“Manteco”, hasta hoy, cree el negocio le costó la vida a su mujer. La Justicia federal piensa otra cosa.
Urquiza había sido mencionada ampliamente en el requerimiento de elevación a juicio del fiscal Marquevich. Figura en los seguimientos policiales de la causa. La vinculan a un “domicilio caliente en Merlo”, donde “se observó a Mendoza Herrera en varias oportunidades, en horas de la noche, entrando y saliendo, llevando bolsos, cargando cosas”, asegura un documento del expediente.
Ese 20 de diciembre de 2022, la Policía de la Ciudad la halló en una esquina de la avenida Callao. El sumario de aquel día indicó que se encontraba “corriendo eufórica y sin compañía… con torso desnudo y descalza, y gritaba que alguien quería hacerle daño”. Intentó agredir a los policías que supuestamente trataban de asistirla, según el mismo sumario “al mismo tiempo que se autolesionaba, por lo que la redujeron”. Falleció allí, en la calle, en el acto. “Su pulso bajó”, continúa el relato policial, “por lo que llamaron a médicos que confirmaron su muerte”. Herrera ya estaba preso para ese entonces.
La Fiscalía N°43 inició una investigación para esclarecer su muerte. “Manteco” luego supo que “ella muere por un edema pulmonar causado por una de las tres costillas que tenía rota”. “Deborah estuvo durante casi un mes en la morgue. Fui al velatorio en Merlo. Se me autorizó. El cuerpo después de muerto habla y Deborah tenía toda su cara golpeada, sus manos golpeadas, sus brazos marcados”. Según supo Herrera, su pareja había ido esa noche a la casa de una tía en la calle Talcahuano. De un momento a otro, se fue.
“Manteco” asegura que los policías que lo allanaron le preguntaron: “¿Dónde está la plata?” Tal vez, los 500 mil dólares que guardaba, de los que su mujer, supuestamente, no sabía. La Fiscalía Federal de Hurlingham requirió el expediente de la muerte de Urquiza. Hoy, no considera que la muerte de Deborah esté vinculada al negocio narco en torno a la causa que terminó con su marido preso, según fuentes del caso. La autopsia marcó que murió, efectivamente, por un edema “y hemorragia pulmonar, sin lesiones óseas en su tórax”.
Desde Perú, “Manteco” ironiza: “Qué casualidad, el bolso de ella nunca apareció, ni su celular, ni sus llaves, ni nada”.
