La meditación del perdón se presenta como una herramienta para neutralizar el sufrimiento y recuperar el bienestar, según la docente de yoga Maru Dáspolo. La práctica combina atención plena con el cultivo de estados mentales saludables.
Viejos rencores, apegos y conflictos del pasado suelen ser un obstáculo en el camino hacia la pacificación de la mente. La meditación del perdón se presenta como una herramienta para neutralizar el sufrimiento y recuperar el bienestar: un entrenamiento que combina la atención plena con el cultivo de estados mentales saludables.
“El perdón es un proceso, una intención y también un logro que reconocemos en un alivio muy profundo: dejar de aferrarnos al odio, la codicia y la ilusión que puede traducirse como aquello que no queremos, lo que deseamos y lo que creemos que somos”, explicó Maru Dáspolo, docente de yoga desde hace tres décadas con trayectoria en la práctica de la meditación y la experimentación de técnicas orientales.
En 2004, Dáspolo comenzó su entrenamiento en meditación budista zen junto al monje Ricardo Dokyu y, posteriormente, orientó su camino hacia la metodología TWIM (Tranquil Wisdom Insight Meditation), donde practicó por primera vez la meditación del perdón. Actualmente, escribe un libro sobre las etapas de este proceso.
Si bien en la tradición budista original no figura una técnica meditativa estandarizada bajo el nombre exclusivo de meditación del perdón, en los textos fundacionales del Canon Pali el perdón se describe como el opuesto directo de la venganza y se prescribe como un factor indispensable para purificar la conciencia. Los suttas y los relatos de los jatakas –colección de cuentos y leyendas sobre las vidas pasadas de Gautama Buda– detallan cómo la tolerancia y la paciencia desarman las disputas y los conflictos interpersonales.
La evolución histórica dentro de la tradición Theravada consolidó ejercicios específicos dirigidos a sanar estas fricciones de la mente. El nexo contemporáneo se halla en la labor del monje estadounidense Bhante Vimalaramsi (fallecido en 2023), quien estructuró la meditación TWIM del perdón, integrando la relajación profunda y la sonrisa como ejes del proceso de liberación.
A diferencia de otras corrientes espirituales de Occidente, el budismo no asocia el perdón con los conceptos de pecado, castigo o culpa. El enfoque es pragmático y psicológico: consiste en aprender a discernir entre lo sano e insano en la mente humana, cultivando lo saludable y quitando alimento a lo perjudicial.
“Este proceso que experimentamos en la meditación del perdón nos brinda una gran libertad interior nacida de ejercitar literalmente un cambio en las narrativas mentales. El perdón es un acto de inmensa generosidad y compasión originado en el amor benevolente (metta), contrario a una muestra de debilidad, rendición, propagación de la injusticia, sometimiento o pérdida de poder como, en algunos casos, se concibe en la cultura occidental”, señaló Maru, encargada de dictar los retiros de meditación del perdón en la Argentina a través de la Sangha de la Luna Llena, que dirige Federico Gurisatti.
La práctica se asienta sobre dos pilares: la purificación mental, que desarticula los estados perjudiciales mediante un protocolo de seis pasos (6R) diseñado para disolver los apegos, y el cultivo de un estado mental sano a través del metta bhavana, es decir, el desarrollo deliberado del amor benevolente. Este doble movimiento abre el camino hacia la ecuanimidad, que otorga al practicante la capacidad de observar la dinámica de sus propios pensamientos sin juzgarlos.
Maru explicó que la técnica requiere evocar una sensación genuina de ese sentimiento amoroso y, desde allí, abrir el espacio hacia el perdón mediante frases específicas repetidas internamente. La fórmula para iniciarse suele ser: “Me perdono por no entender”. Al enunciar este postulado, emergen resistencias profundas de la mente, expresadas en tensiones corporales o juicios severos. El método introduce dos herramientas: la relajación del cuerpo y la mente y la sonrisa.
La experiencia de Maru con esta práctica comenzó cuando encontró durante la meditación un gran apego que bloqueaba su desarrollo. “En ese momento se me recomendó practicar la meditación del perdón y así lo hice”, recordó. “Creo que a los 10 minutos de comenzar la primera práctica las lágrimas empezaron a correr por mi rostro sin parar. Fue difícil, pero en siete días pasé de querer borrar a una persona de mi vida a darme cuenta de cuánto la amaba. Me di cuenta de que, si había algún problema, eran mis expectativas, las proyecciones mentales, lo que se suponía que se debía hacer y ser”. Ese cambio rápido, que modificó también esa relación, la llevó a explorar más esta meditación en particular e indagar en el proceso de transformación. “Ejercitar esta disciplina permite desactivar los viejos relatos de sufrimiento y devolverle al corazón su calidez natural”, concluyó.
