El autor relata la llegada de la primavera, el recuerdo de Joan Manuel Serrat y el nacimiento de su primera nieta el 11 de septiembre, Día del Maestro en Argentina.
Definitivamente, soy team verano. Aún en las peores temperaturas, si hay que sufrir, prefiero el calor y no las heladas que nos acosaban hasta no hace mucho. Por eso ante los primeros indicios de la llegada de la primavera (aunque técnicamente solo sucedió ayer) me volvió el alma al cuerpo. Hubo hace unos días una razón mucho más poderosa, de la que ya les contaré.
El regreso del canto de los zorzales en nuestras caminatas matutinas me hizo pensar, en un segundo, en que la temperatura ya no era hiriente y pronto sería tiempo de dejar atrás los abrigos, tan incómodos. En esas ensoñaciones estaba cuando volvió a mi mente y a mi corazón el recuerdo de Joan Manuel Serrat. No de sus clásicos. Ya verán.
Tal vez Bienaventurados (1987) sea uno de los discos menos escuchados del catalán, al menos en la Argentina. Es raro, tratándose de un creador tan identificado con nuestro país y por tantas generaciones, y que incluso vivió entre nosotros un tiempo corto en los años previos a la caída de Francisco Franco en España. La causa de este “olvido” podría tener que ver con el éxito masivo de su disco anterior, Cada loco con su tema (1983), cuya presentación en el país ese mismo año marcó el regreso del hijo pródigo, con una larga serie de conciertos atravesados por la euforia política del momento. Después llegaría El Sur también existe (1985), en sociedad con el poeta uruguayo Mario Benedetti, entonces la identificación era por partida doble.
Sin embargo, como pasa siempre con el Nano, uno puede redescubrir en ese disco canciones maravillosas y entrañables. “Llegar a viejo” es una de ellas, y es tal vez el más bello alegato por los derechos de la ancianidad. Piensen que él aún no había cumplido los 44, pero siempre fue un adelantado. La frase del final es casi un mandato: “…simplemente, si todos entendiésemos que todos llevamos un viejo encima”.
Hay otra, que es la que recordé con las primeras tibiezas y expresa además su amor por esta tierra. “Especialmente en abril” habla precisamente de la llegada de la primavera (en España, claro) y todas las sensaciones que nos produce. “Especialmente en abril se echa a la calle la vida, cicatrizan las heridas y al corazón, como al sol, se le alegra la mirada y se abre paso entre las nubes. Al paisaje se le suben los colores a la cara”. Y revela que lo mismo habrá sentido aquí: “En abril especialmente, en Buenos Aires, octubre”.
Pero esta primavera tiene para nosotros un sabor especial. Más bien, una emoción conmovedora. La veníamos palpitando desde hace nueve meses. Se los había anticipado en abril (¡justamente!). Y lo presentía como un nuevo estado de gracia. Nuestra primera nieta está entre nosotros desde el 11 de este mes. Sí, el Día del Maestro en la Argentina. Pero para mí es el día de mi nieta, la hija de mi hija mayor, que, como nosotros, ella y su pareja, no cabe dentro de sí del orgullo.
Cuando la tengo en brazos no me canso de mirarla. “Es la cara del padre”, dice su madre. “Pero tiene mis ojos”, agrega, y los abuelos acordamos. “No estoy tan seguro, además, después van cambiando”, intento expresar con palabras un poco obvias lo que voy sintiendo.
Con algo de temor la recibo en mi regazo de manos de sus padres. Tardo unos segundos en recordar cuando tuve a mis tres hijos en la misma situación. Y me sorprendo de la fuerza del instinto, que hace que parezca que el tiempo no pasó: la sostengo con seguridad. Y la miro.
Los ojos, que aún no miran con precisión, pero ven y saben. La lengua, que busca el alimento en su madre, acaricia las encías aún vacías y se estira a la hora del bostezo. Las cejas, casi transparentes, pero bien presentes, y unas enormes cortinas por pestañas para cuidar sus ojos.
Esto recién empieza. Pero la vida brilla.
