Lucas Anzoátegui, analista de ciberseguridad de Santa Rosa, La Pampa, solicitó una licencia sin goce de sueldo y se trasladó a Luxemburgo para trabajar y vivir solo. La decisión surgió a partir de la ciudadanía que obtuvo por descendencia de su tatarabuelo Jakob Schmitz, emigrado en 1889.
Lucas Anzoátegui, de 56 años, residente en Santa Rosa, La Pampa, trabajó durante 33 años como analista de ciberseguridad en la función pública. En marzo de 2020, tras un trámite iniciado a los 52 años, obtuvo la ciudadanía luxemburguesa por ser descendiente de Jakob Schmitz, su tatarabuelo materno, un campesino nacido en las Ardenas luxemburguesas que emigró a América en 1889.
Según relató Anzoátegui, la posibilidad de obtener el pasaporte europeo surgió cuando su sobrino Nicolás descubrió una ley temporal del Gran Ducado que permitía reclamar la ciudadanía a los descendientes de quienes hubieran emigrado en el siglo XIX. A partir de entonces, reunió actas parroquiales, traducciones y apostillados.
Ante la confirmación de la nacionalidad, su esposa, Paula, le preguntó: “¿Y qué vas a hacer con eso?”. Luego lo impulsó a viajar: “Tanto buscar esa ciudadanía y ganas de vivir afuera, ¿por qué no vas y probás?”. Anzoátegui decidió solicitar una licencia sin goce de sueldo en su empleo, financió el viaje y se trasladó a Luxemburgo para experimentar cómo sería vivir y trabajar en el extranjero, solo.
El plan inicial incluía una oferta laboral preacordada en el área de tecnología, que se cayó debido a su nivel de inglés conversacional. Ante esta situación, se trasladó a Burgos, España, donde consiguió empleo en una empresa de IT. Durante su estadía en esa ciudad, se alojó primero en un albergue de peregrinos y luego en una residencia de estudiantes. También recorrió 32 kilómetros del Camino de Santiago.
Luego de 40 días en España, regresó a Luxemburgo. Alquiló una habitación en Ettelbruck y compartió casa con personas de Ucrania, México, Francia, Bélgica y Estonia. En ese contexto, improvisó un mate con la tapa de un termo comprado en Alemania y consiguió una bombilla en un almacén sirio.
Más tarde, afrontó una entrevista en inglés con un CEO y logró insertarse en una empresa en Luxemburgo. Además, viajó al pueblo de Hachiville, donde había nacido su tatarabuelo. “Caminar por las mismas calles que mi tatarabuelo Jakob pisó, no fue una atracción turística. Fue un impacto espiritual”, afirmó.
Seis meses después de su partida, regresó a la Argentina. Volvió a su casa, a su barrio y a los pocos días a su trabajo. Según sus declaraciones, la experiencia lo llevó a escribir un libro de 160 páginas titulado Camino a Jakob, que se publicará en diciembre de 2026 con la Editorial Orsai.
“A menudo uno piensa que la reinvención personal es un privilegio de los veinte o los treinta años. Nos convencemos de que después de los cincuenta el libro de nuestra vida ya está escrito y solo nos queda editar las notas al pie. Mi travesía me enseñó todo lo contrario: que jamás es tarde para dar ese salto de fe”, sostuvo Anzoátegui, hoy de 60 años.
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