Samuel Haigh recorrió Buenos Aires, Chile y Perú entre 1817 y 1827 y publicó un libro con sus observaciones sobre el mate, la vestimenta gaucha y la vida rural.
El viajero inglés Samuel Haigh (1795-¿1860?) llegó al Río de la Plata en 1817 con fines comerciales y permaneció diez años en Sudamérica, durante los cuales recorrió Buenos Aires, Chile y Perú. Fue testigo de la batalla de Maipú y trató a los generales José de San Martín y Manuel Belgrano. Su libro de viajes tuvo dos ediciones: la primera se publicó en Londres en 1829 bajo el título Viaje a Perú, y la segunda, ampliada y definitiva, apareció en 1831 como Bosquejos (Sketches) de Buenos Aires, Chile y Perú. El historiador, legislador y diplomático santafesino Carlos A. Aldao tradujo la obra al español.
En sus escritos, Haigh describió a los gauchos como “los habitantes cristianos de las pampas, mestizos de blanco e indio”, y afirmó que “esta gente siempre está en riña implacable con los aborígenes, y constantemente en tren de ataque o defensa con ellos”. No obstante, sostuvo que no existía “ser más franco, libre e independiente que el gaucho”.
El viajero relató que el mate era la primera bebida del día, preparada en una pequeña calabaza con agua hirviendo. Tras pernoctar en un rancho con numerosos agujeros por donde entraba la luz, escribió: “Para no estar fuera de moda, tomé mate y lo encontré muy sabroso; tiene un amargo agradable al paladar y muchos lo prefieren al té”.
Respecto de la vestimenta, Haigh consignó que el gaucho usaba un poncho del tamaño y forma de una frazada pequeña, tejido por mujeres, generalmente de lana, que servía para preservarse del viento y de la lluvia y dejaba en libertad los brazos. El atuendo se completaba con chaqueta de paño ordinario, bayeta o pana, calzones abiertos en la rodilla y bota de potro como calzado.
El inglés describió también la destreza de los gauchos como jinetes. Observó a uno perseguir un avestruz: el animal, “con el largo pescuezo estirado horizontalmente y alas tendidas como velas, parecía tocar apenas el suelo en su rápida carrera”. Las boleadoras dieron finalmente caza al ave. En otro pasaje, Haigh contempló a dos gauchos pelear con cuchillos; uno de ellos introdujo el arma en el cuello de su rival, herida que, según el relato, no resultó grave en ese momento.
El libro incluye la llegada al “agradable pueblo de Luján”. El carruaje, provisto de inmensas ruedas y sopandas de cuero, le pareció “en completa armonía con sus conductores, ordinario, tosco y liviano”. El aspecto del campo “era el de una llanura espantosa”; no se veía habitación, árbol ni arbusto, y estaba cubierta de pajas altas y llena de pantanos. En Luján vio “algunos gauchitos haciendo volar barriletes”.
El alcalde del pueblo recibió al inglés y a sus acompañantes con amabilidad. El almuerzo consistió en chupe de gallina, mazamorra, huevos, café, chocolate, vino y pan blanco. El segundo plato fue “carne asada, el gran manjar de las pampas”, preparada en grandes tiras ensartadas en asadores de palo clavados cerca del fuego. Haigh, que había ayunado y tenía gran apetito, quedó satisfecho tras el chupe de gallinas sancochadas con arroz, adornado con papas, tomates, huevos y cebollas.
Luján, recorrido en apenas quince minutos —los necesarios hasta la provisión de caballos de refresco—, era un pueblo de solo ochocientos habitantes; la iglesia y la cárcel eran los edificios más grandes de la villa. En la casa del alcalde se vendían productos regionales, lencería y trampas para ratones, según recordó Haigh.
