El presidente Javier Milei decidió que su campaña para la reelección se basará en la polarización y en el rechazo a cualquier gesto de moderación. En reuniones con ministros y legisladores, sostuvo que mostrar empatía implicaría ceder ante el enemigo y que su plan económico es un éxito.
El presidente Javier Milei definió su estrategia para la reelección: la polarización y el rechazo a la moderación. En reuniones de gabinete y con legisladores, el mandatario sostuvo que mostrar empatía sería «ceder a la visión del enemigo» y que su plan económico es un éxito.
En la reunión de gabinete del lunes, Milei habilitó una discusión sobre la morosidad bancaria y el estancamiento de la actividad. Allí expresó que mostrarse comprensivo con los que sufren el ajuste sería «entregar la trinchera de los resultados económicos». Según dos participantes, dijo: «Esto es la guerra. Enfrente están los orcos. El kirchnerismo si te ve débil te pasa por arriba».
En la cumbre con diputados y senadores del martes, previa a la sesión en la que el oficialismo logró avances en proyectos económicos, el presidente arengó con frases similares: «Los tenemos que hacer mierda; es el único lenguaje que entienden», recordó uno de los asistentes.
Milei combina su naturaleza desmesurada y sus convicciones con el cálculo político. Sus niveles de agresión son el síntoma de una necesidad: precisa a su núcleo duro movilizado y a sus potenciales aliados convencidos de que es capaz de cumplir la promesa de «morir con las botas puestas». El espíritu bélico alienta la polarización. Recurre al fantasma del kirchnerismo movilizado con el fin de dar «un golpe de Estado» y derrumbar lo construido en tres años de austeridad.
En esa vocación se esconde un temor: ¿qué pasa si falla la apuesta de instalar la polarización, tan redituable en el balotaje de 2023 y en las legislativas de 2025? «Contra el kirchnerismo no podemos perder. Si aparece un candidato de fuera de la política el riesgo es mayor», sugiere un funcionario de sintonía con el presidente.
Los outsiders que coquetean con una candidatura nacional, como Jorge Brito, Dante Gebel, Daniel Hadad o Carlos Melconian, ven un campo fértil ocupado por los desencantados con Milei que, a la vez, se espantan con la posibilidad de un regreso del peronismo.
«La avenida del medio siempre es ancha el año anterior. Después se hace un callejón finito y terminamos en un Boca-River», acota uno de los principales estrategas libertarios. El Milei agitador aspira a que ese escenario se cumpla. «No podemos sentir culpa por el relato que instalan nuestros rivales. La economía está creciendo, la inflación está bajando, tenemos récord de reservas y de exportaciones. Que no nos corran con los que sufren», insiste esa fuente.
El jueves, en la Escuela ORT, Milei denunció «presiones para modificar el rumbo y ser más laxos» y prometió que no va a ceder «a los cantos de sirena». Además, alentó a los alumnos a abuchear a los periodistas: «Se los voy a festejar», dijo.
Al asesor Santiago Caputo, ahora en horas bajas, se le atribuye la ironía de que Milei tiene como mayor inspiración a Mauricio Macri: «Ante la duda, siempre hay que hacer lo contrario a lo que hizo él». Al líder del Pro lo acusa de haber claudicado ante el peronismo sin defender el rumbo de transformación liberal. Es un sentimiento que refuerza con lo que le cuentan exfuncionarios de aquella administración que ahora trabajan para él, desde Luis Caputo a Patricia Bullrich. Es el mismo Macri al que Karina Milei llamó a principios de mes para recomponer relaciones y construir un frente no kirchnerista de cara a la reelección.
«No se dejen psicopatear. Nuestro plan es un éxito», recalcó Milei ante sus legisladores. A algunos seguidores les comentó que se ilusiona con un nuevo recital como el que hizo en el Movistar Arena en la campaña pasada. Prevé hacerlo cuando tenga listo su libro La moral como política de Estado.
Antes necesitaba como el agua una victoria legislativa que borrara la frustración vivida hace tres semanas cuando el Senado recortó el proyecto de «inviolabilidad de la propiedad privada» y lo obligó a ceder en su plan original de autorizar niveles más altos de inversión extranjera en tierras productivas. La fragilidad de las alianzas libertarias es tal que un mal resultado puede abrir una cadena de derrotas. Por eso, la mesa política de Karina Milei decidió pisar el freno y trabajar con cautela el toma y daca con los gobernadores para llegar sin fisuras a la sesión en que se aprobó en Diputados la nueva Carta Orgánica del Banco Central, la ampliación de la inocencia fiscal y la adhesión argentina al Tratado de Cooperación en Materia de Patentes.
Al presidente lo indignan las críticas, pero mucho más los dobleces que le atribuye a empresarios que en apariencia son muy cercanos a su ideario. En su discurso en el Council of the Americas acusó de «soretes» a quienes lo llaman para quejarse de las desregulaciones que promueve el ministro Federico Sturzenegger. Aludía a algunos que estaban en esa misma sala aplaudiendo cada palabra, según contó después a gente de su confianza.
La incomodidad con el poder económico se acentuó a la par de los vaivenes en las encuestas. «Ahora muchos empiezan a buscar un Milei moderado, como si eso fuera tan fácil. No nos olvidemos que muchos de esos tipos querían que ganara Massa en 2023», resume un legislador que estuvo dos veces esta semana con el presidente.
A los que recomiendan «cuidar las formas» Milei les responde con una reiteración obsesiva de frases escatológicas. Rechaza consejos como el que le dio en público Guillermo Francos, su exjefe de Gabinete: «Hoy a lo mejor la gente ya está como un poco cansada de ese Milei tan agresivo en algunas cosas. Yo creo que debería hacer como en las elecciones anteriores, cuando dijo: ‘No voy a putear más’. Porque la gente se cansa de eso».
La comunicación oficial corre por la vereda opuesta. Karina Milei le dio más juego en esa materia al camarógrafo Santiago Oría, el funcionario que filma al presidente en cada actividad pública y que se ilusiona con desplazar a Santiago Caputo en la batalla de las redes sociales. Su gran talento consiste en insultar a periodistas con la misma pasión que su jefe. Queda mucho por ajustar. El presidente obligó a su vocero Adrián Ravier a retractarse después de anunciar que Oría asumiría las funciones digitales del asesor Caputo. Hay momentos en que los libertarios extrañan la desfachatez sin titubeos de Manuel Adorni.
La intransigencia es la palanca de la polarización que Milei persigue. Cree que su papel como líder está en la defensa del relato. A Patricia Bullrich le refutó sus dichos sobre la necesidad de que los resultados económicos lleguen más rápido a la mayoría de la población. Hay que desterrar la idea de un Plan B, incluso cuando ese fuera el destino inevitable.
El anuncio de Luis Caputo del proyecto para impulsar el crédito hipotecario mediante el uso del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses retrata la dualidad entre el discurso blindado del presidente y la acción de sus ministros. A Caputo hasta se le escapó un rezo peronista cuando dijo que fomentar el crédito para comprar casas es «justicia social», una expresión que Milei tantas veces calificó de «despreciable». Bordeó incluso el elogio a Keynes, otra herejía libertaria, cuando dijo que el proyecto tendrá un «efecto multiplicador» en la economía. El ministro estaba vacunado contra la ira presidencial: previamente había hecho los deberes con un llamado a que los jueces actúen contra los periodistas que publiquen informaciones que las autoridades estatales consideran falsas. El liberalismo, como Dios, se mueve de forma misteriosa.
El plan hipotecario tiene un alcance limitado (unas 15.000 familias), pero su significado es simbólico. Se busca mostrar iniciativa. Especialmente, para seducir a los jóvenes, el sector etario donde el mileísmo ha sido más fuerte y que muchos encuestadores ven ahora navegar en el desencanto.
Hay urgencia por buenas noticias. Milei y sus ministros festejaron con estridencia el repunte en agosto de 6% en el Índice de Confianza en el Gobierno que publica la Universidad Torcuato Di Tella. «Dato mata encuesta», publicó Caputo, aunque lo que estaba celebrando era justamente una encuesta. El Índice de Confianza en el Consumidor, de la misma fuente, había registrado caída en el mismo mes. Entonces hubo silencio oficial.
Mucho más efusiva fue la reacción del presidente con los éxitos legislativos que mostraron otra vez al completo la alianza antikirchnerista en Diputados. Buen trofeo para mostrar a los mercados. Pese a eso, el peronismo alcanzó a amagar con una potencial mayoría para discutir en el corto plazo proyectos vinculados a los deudores morosos. Es día a día.
El Gobierno tiene autorizado el pragmatismo mientras no lo declame. El jefe de Gabinete, Diego Santilli, dosifica las concesiones a los gobernadores aliados. Y también se encarga de gestionar el timing y los planes de contingencia asociados a las desregulaciones de Sturzenegger, que tanto deleitan a Milei.
A quienes lo visitaron en la Casa Rosada el presidente les ofrendó esta semana el libro La economía en una lección, del ideólogo libertario Henry Hazlitt. Un eje central de la obra es la falacia de la ventana rota: si alguien rompe el vidrio de una panadería, algunos dirán que eso beneficia a la economía porque da empleo al vidriero, pero detenerse en los efectos inmediatos impide ver los costos ocultos, como que el panadero no podrá comprarse un traje nuevo por lo que gastó en el vidrio. Es decir, la pericia económica consiste en observar los efectos de una medida no solo sobre un grupo particular de interés sino sobre toda la colectividad.
¿Dónde encajan en esa cosmovisión los créditos impulsados con la plata de los jubilados que anunció Caputo? El poder tiene restricciones, dirá Milei. La misma lógica tal vez le permita en algunas semanas presentar medidas de alivio para los endeudados en problemas, a los que por ahora ridiculiza como compradores impulsivos de televisores gigantes.
